Era una pequeña vivaz, de ojos grandes, celestes, y avizores y pícaros, la menor de un racimo
de niños que se disputaban la atención de mamá Ermelinda: Josecito de 12 añitos, Juanita de
10, Elisa de 8, Carlitos de 6 y por último Graciela de apenas 5 pirulos, que siendo la menor, era
la mimada de todos.

Papá Luciano y mamá Ermelinda. Nadie sospechaba de los arcanos
secretos que la mocosa guardaba en su cabecita llena de rulos: sabía donde Pachi -la perrita
salchicha-, guardaba sus huesitos coleccionables, en un huequito que había hecho en las
raíces del algarrobo, añoso y silencioso guardián del tesoro óseo: la muñeca irrompible de
Juanita que la daba por perdida, el libro de oraciones de mamá Ermelinda, en un lugar alto y a
salvo de las lluvias, porque cada vez que lo empezaba a leer entraba en éxtasis y no
escuchaba a nadie y así escuchaba sus reclamos infantiles: escuchar por enésima vez el
cuento de los 7 Cuervos, la Sirena y el Pescador, El gato con Botas… y Gracielita se dormía
feliz.

Hasta que descubrió que la realidad también tenía sus secretos: vericuetos que solo Pachi
conocía y le ganaba en misterios y travesuras.
Entonces, comprendió que en la vida de todos, de la de ellas también, había cosas muy bellas
sin necesidad de esconderlas ¿Que cuales eran? Las manos de Josecito, siempre con
caramelos para ella, o las de Juanita, con libros nuevos o las de Elisa, con pajaritas de color
que aparecían y desaparecían. Oh si, la realidad era y es una caja de sorpresa para todos ¿o
no?
