Pensaba la anciana en lo triste que es sentirse sola. A pesar de los hijos amorosos, de los amigos, de las voces telefónicas, de los perritos tan fieles como la fe y tan cariñosos como los rayos del sol.

Pensaba en los abrazos y besos de aquel hijo que pronto se fue al Cielo y del
Papá del hijo, es verdad, quedaron los brillantes hermanitos y los trozos de memoria feliz. Pero
cuando llega la noche, con su crepúsculo dorado y el silencio clama por un abrazo, viene el
Maestro, aunque no lo veamos, y dulcemente, con un dedo en los labios, nos transmite:
–estoy aquí, estoy aquí…
y forma una ronda dulce y armoniosa con aquellos que amamos y nos aman. Y me sigue
hablando: – estoy siempre con tus seres amados, no inmóvil ni yerto, sino activo, siembro rosas y violetas por donde vas a pasar. Te sigo en las noches que crees estar muy sola y te repito una y otra
vez, el amor verdadero, el amor luminoso, siempre estará contigo, no lo olvides, y los años de
la Tierra son el preámbulo de los que te esperan en el Espacio, todavía tienes muchas alboradas por vivir y amar, y acá te necesitan porque todos necesitan, tu también, aprender a ser feliz, a ser feliz.
Se fue la sombra luminosa y me quedó en las manos un olor a rosas y en el alma un precioso
sonido musical.
La joya vino de Emilio: – cuando los vengo a visitar, vuelvo a soñar y a vivir, nada es en vano, ya
lo verás.
