Dice la leyenda que había una flor única, de blancos pétalos aterciopelados que tenían la virtud
de trocar su albo color por varios matices: azul, violeta, amarillo, rosado, según el pensamiento
de quien la pudiese contemplar.

La planta exótica y ya extinta, estaba orgullosa de su flor y
pensaba: -sabrán los hombres que cada paso que dan pueden transformarlos en ángeles
luminosos o en oscuros seres del mal?
-Así como yo soy sensible al pensamiento de quien me mira, la vida humana puede ser
luminosa, con muchas probabilidades de reflejar la luz maravillosa del ocaso, de la mañana, del
mediodia, o puede ser tan oscura como la incomprensión, el orgullo o la vanidad.

Así pensaba la flor de mi relato, hasta que un colibrí -preciosa y alada joya volátil- la alcanzó a
oir y le contestó, henchido de sí mismo: -yo soy tan hermoso como tú, pero además, puedo
volar y llevar alegría y emoción al hombre triste. Soy de los que llevan consigo el secreto de ser
feliz.

La flor no se sintió ni vencida ni extinta: -cuando mi planta madre haya cumplido su misión,
volveré al seno de la Tierra, donde tendré un descanso feliz hasta que una de mis semillas
brotará y seré otra vez, en la eternidad de la Naturaleza, lo mismo que tú.
El picaflor quedó un momento pensativo y le argulló: ¿Sabes que tienes toda la razón del
mundo? Tu y yo somos la prueba de que la creación es eterna. Y con una revoloteo retomó su
ruta.
Los reinos vegetales y animales son precursores del hombre, puede morir su cuerpo, pero
nunca ¡Nunca! Morirá su Alma.
