Es difícil que los grandes -adultos- perciban en el aire todas las cosas inmateriales que traen las hadas, por ejemplo, en cierta casona del barrio tandilense en el que veraneo se pueden observar, sobre todo a la hora incierta en la que el día se va a dormir y la noche se viste de gala para asombro de los mortales comunes, se pueden visualizar alegres sombras que juegan al escondite. Los pájaros silvestres saben de estas andanzas y alguna que otra personita -grande, tirando a senil o jovencita soñadora a la que le cuesta un poquito la lección de inglés- dan descanso a la mente soñadora y comienzan a percibir frases en idiomas desconocidos: jeringoza de mi infancia, lenguas brasileñas o dialectos cuasi-desconocidos, olvidados por la gente normal pero tenidos muy en cuenta por los pocos soñadores que aún moran en el plano tierra.

El caso es simple: una señora de edad algo más que madura, acariciada por la suave briza de octubre, hamacándose a compasadamente en la cómoda chaise-longe (hamaca de otrora) y dejándose llevar por hermosos recuerdos infantiles. De pronto se percibe un silencio con olor a jazmín y la voz cascada de un viejo duende sobreviviente de la época grácil en la que los patines estaban de moda y las plazas se poblaban de niños bullangueros, en el ruido feliz de corridas ahora detenidas por el impass de la ausencia, se escucha una conversación -no es una conversación cualquiera-, está hecha de palabras entreoídas y los parlantes no son ni las viejitas tejedoras ni los niños traviesos, son dos palomitas de presencia común y corriente pero en realidad de palomitas tienen las formas: piquitos rojos y alitas recién emplumadas, pero en realidad son dos almas juguetonas que decidieron por un momentito tomar la forma dulce de dos palomitas torcazas a la que los niños avanzados de hoy, con juguetes supersónicos y canciones en boga, conocen -a las palomitas- como pequeñas aves asustadizas y las toman como seres endebles y deseosas de volar.

Por un instante, dejan sus costosos juguetes y miran con asombro el despliegue de las dulces dueñas del movimiento y el musical gorjeo, pero después, llevados por el hilo mágico que une a la infancia con la naturaleza, comienzan a querer acercarse más para alimentarlas con las miguitas de su alfajor. Pronto están los volátiles de amigas de los inexpertos pero sentidos intervinientes.

Un niño le pregunta a otro: donde dormirán? Y el interrogado se apresura a seguir el interrogatorio: ¿y qué comerán ellas y sus pichones, se defenderán de los peligros?
Cae la tarde, las mamás buscan a sus pequeños y los pseudo-pajarillos se miran entre sí y se despiden de los verdaderos plumíferos, esos de plumaje gris y patitas oscuras, los angelitos del Cielo emprenden la retirada, y prometen volver camuflados, a desarmar gomeras y a protegerlos.
Niño, si no tienen alimento, pancitos y granos, por lo menos nunca le saquen la libertad a un gorrioncito o a cualquier otro pájaro: son la prueba evidente que Dios nos protege a todos. No te parece?






