Era una pequeña vivaz

Era una pequeña vivaz, de ojos grandes, celestes, y avizores y pícaros, la menor de un racimo
de niños que se disputaban la atención de mamá Ermelinda: Josecito de 12 añitos, Juanita de
10, Elisa de 8, Carlitos de 6 y por último Graciela de apenas 5 pirulos, que siendo la menor, era
la mimada de todos.

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Papá Luciano y mamá Ermelinda. Nadie sospechaba de los arcanos
secretos que la mocosa guardaba en su cabecita llena de rulos: sabía donde Pachi -la perrita
salchicha-, guardaba sus huesitos coleccionables, en un huequito que había hecho en las
raíces del algarrobo, añoso y silencioso guardián del tesoro óseo: la muñeca irrompible de
Juanita que la daba por perdida, el libro de oraciones de mamá Ermelinda, en un lugar alto y a
salvo de las lluvias, porque cada vez que lo empezaba a leer entraba en éxtasis y no
escuchaba a nadie y así escuchaba sus reclamos infantiles: escuchar por enésima vez el
cuento de los 7 Cuervos, la Sirena y el Pescador, El gato con Botas… y Gracielita se dormía
feliz.

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Hasta que descubrió que la realidad también tenía sus secretos: vericuetos que solo Pachi
conocía y le ganaba en misterios y travesuras.
Entonces, comprendió que en la vida de todos, de la de ellas también, había cosas muy bellas
sin necesidad de esconderlas ¿Que cuales eran? Las manos de Josecito, siempre con
caramelos para ella, o las de Juanita, con libros nuevos o las de Elisa, con pajaritas de color
que aparecían y desaparecían. Oh si, la realidad era y es una caja de sorpresa para todos ¿o
no?

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Un trozo de eternidad

Todos, absolutamente todos, grandes y chicos, importantes y comunes, bichitos y animales de
toda especie, plantas, parásitas y cuidadas, viejos, jóvenes, recién nacidos, enamorados y
estudiosos, vagos y bohemios, todos tenemos derecho a vivir.

Flores nocturnas de Don Diego de la Noche, o Bellanote,.Su nombre científico es Mirabilis jalapa

Aunque muchas veces no nos demos cuenta del sagrado derecho de que estamos haciendo uso, sin saber cuando será el día que cambiemos de forma, si, porque tanto tememos a la señora de túnica violeta y sonrisa sarcástica que no le damos tiempo a la mejor amiga del alma que es la Imaginación, que sabe
hacer frente a todos los dolores y problemas que nos puede dar eso que llamamos Vida.


La vida que vivimos es apenas un trozo de nuestra eternidad, propia y personal, nada más que
el Creador nos ama tanto y tan bien que apenas recordamos los pedacitos de existencia: nos
hacemos humanos porque en algún momento queremos ser y sentir, elegimos una mamá y un
papá y nos lanzamos a la gran aventura de ser humanos.


Maestros, psicólogos, sacerdotes, nos intentan explicar el misterio de la Vida, pero es muy
difícil aceptar los dolores y los goces que nos puede ir deparando nuestra vida.


Pienso que debemos de agradecer la oportunidad que significa vivir nuestro tiempo y con toda
la inocente libertad a nuestro albedrío. Podemos estudiar, elegir amigos, vivir en comunidad o
quedarnos en soledad, eso es el libre albedrío.

Y cuando encontramos en un día señalado, el amor verdadero, vivimos contentos y creamos -o pensamos que creamos-, una forma de amar, de estudiar, de vivir y somos felices si encontramos el ideal y envejecemos pensando que la vida verdadera nos pertenece, seamos jóvenes, niños, viejos o deambulemos por el Espacio sin saber que nos hemos muerto hasta que un Ángel nos toma de la mano y nos muestra que nuestro pequeño papel humano entró en receso, en un intervalo pero nuestro Espíritu, eterno como la Luz, tendrá más oportunidades de Vivir y Ser feliz, Ser feliz. ¿No es maravilloso?

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En diálogo con Atahualpa

Elegir siempre es difícil, los gustos varían según muchos factores, la edad, los lugares, las circunstancias en las que se desarrollan esto tan personal que llamamos vida interior.
Por ejemplo, en la adolescencia nos inclinamos por el romance, los poemas, los textos románticos. En la juventud optamos por lo real, aquello que nos describe poéticamente lo que estamos viviendo, personificando en nuestro interior las canciones delicadas pero verdaderas.
La variedad es infinita, pero siempre hay un autor o autora que identificamos íntimamente con nuestro sentir. Desde muy joven sentí afinidad por un poeta-músico llamado Atahualpa Yupanqui. Me sacudía hasta las lágrimas algunas letras suyas, por ejemplo un clásico interpretado por muchos cantores, pero el que se lleva la palma de oro es el llevado al disco por su autor, me estoy refiriendo a una zamba cuya melodía y letra suena en el corazón de mucha gente y es Luna Tucumana.

¿Por qué me caló tan hondo una canción que habla del sentimiento profundo que siente quien ha tenido que irse de los lugares que amó y ama en busca de trabajo o estudio, de mejoras económicas conseguidas o no. Pero siempre, en un rincón del alma, quedó prendida esa música, esa letra, para decirnos presente en la hora de la nostalgia, de la añoranza, en la que se mezcla el amor por el tiempo ido y los lugares a los que el llamado progreso cambió en su estructura material, pero quedó retratada para el corazón con sus colores, sus sonidos, sus paisajes.

Tengo para mí los recuerdos queridos de la infancia y la alegría con la que mis padres y yo preparábamos el viaje de unos 350 km para visitar a los papás de mi padre. Luna Tucumana era la compañera fiel que acompañaba los preparativos y cuando las almas se unían en el beso que rubricaba el encuentro, parecía que la luna bailaba en el atardecer.
La distancia y el tiempo hicieron escala de amor, quedaron los recuerdos y las añoranzas pero Luna Tucumana sigue alentando, los niños crecieron, los pueblos también, los caminos se asfaltaron, pero la guitarra sin par de Don Atahualpa me sigue llevando al amoroso y primitivo rancho de adobe y paja de mis abuelos. ¿No es esto hermoso para recordar y sentirse argentino como el mate y azul y blanco como la bandera de Belgrano?
Para terminar una hermosura de estrofa Yupanquina:

yo no le canto a la luna
porque alumbra, nada mas
le canto porque ella sabe
de mi largo caminar.
Perdido en las cerrazones
quien sabe vidita por donde andaré
mas cuando salga la luna
cantaré, cantaré
a mi Tucumán querido
cantaré, cantaré, cantaré.

Firmado: Atahualpa Yupanqui (cuyo nombre verdadero era Roberto Chavero, nacido en la provincia de Buenos Aires.)

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Un mensaje especial

Pensaba la anciana en lo triste que es sentirse sola. A pesar de los hijos amorosos, de los amigos, de las voces telefónicas, de los perritos tan fieles como la fe y tan cariñosos como los rayos del sol.

Pensaba en los abrazos y besos de aquel hijo que pronto se fue al Cielo y del
Papá del hijo, es verdad, quedaron los brillantes hermanitos y los trozos de memoria feliz. Pero
cuando llega la noche, con su crepúsculo dorado y el silencio clama por un abrazo, viene el
Maestro, aunque no lo veamos, y dulcemente, con un dedo en los labios, nos transmite:
estoy aquí, estoy aquí…
y forma una ronda dulce y armoniosa con aquellos que amamos y nos aman. Y me sigue
hablando: – estoy siempre con tus seres amados, no inmóvil ni yerto, sino activo, siembro rosas y violetas por donde vas a pasar. Te sigo en las noches que crees estar muy sola y te repito una y otra
vez, el amor verdadero, el amor luminoso, siempre estará contigo, no lo olvides, y los años de
la Tierra son el preámbulo de los que te esperan en el Espacio, todavía tienes muchas alboradas por vivir y amar, y acá te necesitan porque todos necesitan, tu también, aprender a ser feliz, a ser feliz.

Se fue la sombra luminosa y me quedó en las manos un olor a rosas y en el alma un precioso
sonido musical.
La joya vino de Emilio: – cuando los vengo a visitar, vuelvo a soñar y a vivir, nada es en vano, ya
lo verás.

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La moral de Don Luciano

¿Y qué es la moral?… Simplemente la voz de nuestra conciencia, todo lo que indica el Bien,
supremo don del hombre, y lo que es mas llamativo para todos, que esa vocecita vibra en
nuestro interior sin que nos demos cuenta. Cuando niños nos parece que dentro de nosotros
hay un hueco sonoro ocupado por la Voz, después los estudios, los descubrimientos de la
adolescencia, los distintos caminos de nuestra vida van arrinconando el claro tintineo de la
campanita de cristal hasta que un dolor, un desengaño, o simplemente un giro del tiempo,
cuando descubrimos que dejamos atrás la fantasía y el ensueño nos pone frente a frente con la
vida que tenemos por delante.

El pasado ya fue y aunque encontremos con el tiempo ido recuerdos, anécdotas, personas, ya
no lo podemos cambiar. El futuro depende de la Voluntad Divina y de nuestra propia manera de
ser. En cambio, el presente es lo que tenemos más a mano para vivirlo de acuerdo al bien, al
amor, al pensamiento sano.

Como me ocurre a mí, Lucita, le ocurre a todas las personas conocidas o no, nos hayan servido
de ejemplo o sean nombres queridos que forman parte de nuestro ayer, de nuestro hoy o sea,
parte de nuestra alma sin que nadie lo alcance a describir.
Allá en mi infancia -un poco lejana pero siempre tenida en cuenta por mi sensibilidad- la vida
me brindó exquisitas posibilidades de aprender de mis mayores.
Una de las personalidades inolvidables que tuvo mucho que ver con mi forma de ser -aún
ahora- fue mi abuelo paterno. Lo conocí ya adulto, con su acento itálico pero de pronunciación
correcta, Don Luciano, de una moral intachable, de un carácter que yo definía en mis primeras
descripciones poéticas de acero y terciopelo.

Alto, de pelo entrecano y bigote recortado, de barba bien dibujada, ojos profundos y celestes,
voz que manejaba con distintos tonos y su amor profundo por su esposa – Josefina- sus hijos y
sus nietos. Impartía autoridad y respeto pero mucho cariño por todos y por la Patria.
Solíamos tener largas charlas, y el estaba contento de poder dejar en una de sus nietos -yo-,
sus recuerdos y experiencias.
Cuando tenía lugar el almuerzo familiar, separaba fruta y pan en un canasto y llamando con un
silbido a un niño, hijo de los peones que laboraban su campo, le entregaba el cesto con esta
recomendación: -para mamá y hermanitos, eh cusolino! (niño en calabrés).

Sabía conocer a la gente, al necesitado lo ayudaba en lo que podía y siempre repetía: -llegué a
América con una mano delante y otra atrás, hubo muchos que me ayudaron ¿Cómo no voy a
ayudar a otros, ahora que puedo?
Abuelo Luciano: fuiste ejemplo de moral sin haber ido a la escuela, sabías leer y escribir, hablar
la Castilla y hacer feliz a todos.
El bien siempre fue tu estrella.
Me siento feliz de ser tu nieta. Dios y la Virgen María te tengan en su santa gloria.

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La leyenda de Santa Felicitas

La leyenda es el conocimiento de un suceso, de un ser material o no, transmitido en forma oral
de persona a persona, de pueblo a pueblo, o simplemente, de abuelos a nietos. Con el tiempo
se enriquece el conocimiento con ideas mas o menos acordes al texto en cuestión y queda en
la memoria popular, a la espera de un momento propicio para ser contada.

Gentileza: http://www.museosantafelicitas.org.ar/complejo_historico.html

En Barracas, lugar cercano a La Boca, donde se conserva aún en nuestros días costumbres y
ritos que tienen que ver con la Fe Cristiana y con la Tradición, hay una iglesia muy antigua,
dedicada a Santa Felicitas, donde los fieles asisten a Misa y los niños aprenden el catecismo
para la primera y segunda Comunión. Se celebran bodas tradicionales y se le rinde culto a los
muertos con una misa especial, actividades estas comunes a todas las parroquias.
Pero esta iglesia -lo que mucha gente no conoce- fue levantada en honor a Santa Felicitas,
porque en los tiempos antiguos había en el Viejo Buenos Aires familias de abolengo y buen
posición económica que llevaban una vida social discreta pero animada, y en el seno de una de
las familias más nombradas, había una que llevaba las palmas en cuanto a amistad y
conocimiento se tratase, pero lo mas valioso -así lo creían y divulgaban los orgullosos papás de
la Niña Felicitas- muy festejada y admirada por los jóvenes petimetres de la época.

Llegó el día en el que la joven agraciada en mitad de un ceremonioso baile pidió ser escuchada
porque tenía algo importante para decir y jugueteando con una blanca rosa que en mitad de su
pecho lucía, explicó que dentro de una semana se casaría con el elegido de su corazón,
dejando a todos asombrados por la inesperada noticia. Cuando la concurrencia se acercaba
para felicitarla de la novedad, se oyó una voz bien timbrada pero temblando de emoción que
dijo estas palabras:
-no llegará esa noche, porque serás mia o de nadie.
El joven que pronunció esas palabras proféticas desenfundó un arma y disparó un certero
balazo que fue a dar en el inocente pecho de Felicitas Guerrero, que se desplomó en el acto y
el autor de semejante felonía aprovechó la confusión para darse a la fuga.

Padres y novio trataron de socorrer a la niña pero todo fue en vano, murió en el acto.
Después de todos los trámites y deberes, los afligidos padres convinieron en hacer levantar un
santuario dentro de la iglesia, bajo la advocación de Santa Felicitas, la santa de la cual la niña
llevaba con mucha fe el nombre.
Pasaron las épocas, la iglesia siguió con su cristiana función, la plaza se llena de niños jugando
y los enamorados van a pedirle a la Santa protección y ayuda.
Pero dicen que en las noches hermosas de luna llena, dos sombras amadas se filtran por el
atrio y penetran en la iglesia que debía sellar el sacramento de la boda.
Como leyenda es conmovedora, pero yo no lo iría a comprobar a las doce de la noche al
suceso sentimental. Ustedes ¿Irían?

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La leyenda de la Flor única

Dice la leyenda que había una flor única, de blancos pétalos aterciopelados que tenían la virtud
de trocar su albo color por varios matices: azul, violeta, amarillo, rosado, según el pensamiento
de quien la pudiese contemplar.

La planta exótica y ya extinta, estaba orgullosa de su flor y
pensaba: -sabrán los hombres que cada paso que dan pueden transformarlos en ángeles
luminosos o en oscuros seres del mal?
-Así como yo soy sensible al pensamiento de quien me mira, la vida humana puede ser
luminosa, con muchas probabilidades de reflejar la luz maravillosa del ocaso, de la mañana, del
mediodia, o puede ser tan oscura como la incomprensión, el orgullo o la vanidad.

Así pensaba la flor de mi relato, hasta que un colibrí -preciosa y alada joya volátil- la alcanzó a
oir y le contestó, henchido de sí mismo: -yo soy tan hermoso como tú, pero además, puedo
volar y llevar alegría y emoción al hombre triste. Soy de los que llevan consigo el secreto de ser
feliz.

La flor no se sintió ni vencida ni extinta: -cuando mi planta madre haya cumplido su misión,
volveré al seno de la Tierra, donde tendré un descanso feliz hasta que una de mis semillas
brotará y seré otra vez, en la eternidad de la Naturaleza, lo mismo que tú.
El picaflor quedó un momento pensativo y le argulló: ¿Sabes que tienes toda la razón del
mundo? Tu y yo somos la prueba de que la creación es eterna. Y con una revoloteo retomó su
ruta.
Los reinos vegetales y animales son precursores del hombre, puede morir su cuerpo, pero
nunca ¡Nunca! Morirá su Alma.

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Querubina

Querubina es el personaje real, famoso en el círculo de amistades, familia y amigos eventuales
de Villa Domínico, el hermoso lugar donde nací y al que siempre recuerdo con un poco de
nostalgia y un mucho de amor.

En ese lugar encantado por los recuerdos y las vivencias, vivía Doña Querubina, madre de 11 hijos y esposa enamoradísima de su cónyuge, Don Miguel. Los dos habían nacido en la pintoresca Calabria -región bellísma de Italia-, donde recaló en el barrio Las Rosas la mamá de Querubina con su prole, respirando el suave aire de la provincia de Buenos Aires. Querubina se afianzó a las buenas costumbres del trabajo, significando para todos un hermoso eslabón entre la lejana -ahora- Italia y la Argentina prometedora de bienestar y familia.

En los atardeceres policromos, cuando volvía de la fábrica donde aprendió el oficio
trabajoso y útil de tejer en el telar la capellada de zapatillas llamadas Alpargatas, conoció al
apuesto Miguel, no tardaron en bordar un romance que derivó en lucido casamiento. Hasta
aquí, la historia verdadera como la luz del día.

Pero en toda vida normal hay un rayo misterioso que otorga magia y distinción al carril más humilde de los distintos caminos de cada uno y en la vida sencilla de Querubina se relacionó cierta persona que conocía secretos y artilugios de antiguas creencias y en los viajes de regreso al hogar en el antiguo tranvía 22, le fue insuflando breves y concisos conocimientos esotéricos a la hermosa Querubina.

Así fue como mezclado con acento italiano y fuerte olor a santidad, la fue iniciando en los profundos conocimientos del arte de curar. Al llegar a su humilde morada, le contó a Miguel de sus nuevos y puros ideales que fueron recibidos con paciencia y dulzura por el comprensivo esposo.
Por las noches Querubina le pedía a Dios y a la Virgen del Carmen que la guiasen y si ella
tenía alguna facultad o intuición, que la pudiese utilizar para el Bien, unicamente para el Bien.
Así las cosas, se durmió dulcemente cuando pudo entrever un rostro y escuchar una voz
masculina que le decía:

– Querubina, soy tu Papá, que tuve que irme al cielo cuando ustedes eran muy pequeños, no temas porque siempre te vengo a ver y si tu quieres, podemos hacer en el nombre de Dios y la Virgen del Carmen, muchas cosas buenas.

Se esfumó el sueño y Querubina despertó. Estaba contenta y no sabía porqué. Pero desde esa bendita noche, su blanca mano y sus ojos verdes, sabían curar a los niñitos con empacho, a las viejitas con
desgano y a los hogares enredados con malos entendidos, transformarlos en nidos de ternura.


El papá de Querubina, invisible pero certero, siempre la ayudó en su obra de bien, gracias a su
compañerita Manuela y a los angeles, además de saber llevar a su hogar con su esposo Miguel
y sus niños, trabajar en la fábrica Masllorens, ser bonísima madre y abuela, Querubina sabía
ayudar con la fe y los dotes del Amor que Dios Padre le había otorgado. ¡Cuantos iluminados
que puedan leeer estos apuntes sabran que es verdad lo que les digo!

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Ensueños

Es difícil que los grandes -adultos- perciban en el aire todas las cosas inmateriales que traen las hadas, por ejemplo, en cierta casona del barrio tandilense en el que veraneo se pueden observar, sobre todo a la hora incierta en la que el día se va a dormir y la noche se viste de gala para asombro de los mortales comunes, se pueden visualizar alegres sombras que juegan al escondite. Los pájaros silvestres saben de estas andanzas y alguna que otra personita -grande, tirando a senil o jovencita soñadora a la que le cuesta un poquito la lección de inglés- dan descanso a la mente soñadora y comienzan a percibir frases en idiomas desconocidos: jeringoza de mi infancia, lenguas brasileñas o dialectos cuasi-desconocidos, olvidados por la gente normal pero tenidos muy en cuenta por los pocos soñadores que aún moran en el plano tierra.

El caso es simple: una señora de edad algo más que madura, acariciada por la suave briza de octubre, hamacándose a compasadamente en la cómoda chaise-longe (hamaca de otrora) y dejándose llevar por hermosos recuerdos infantiles. De pronto se percibe un silencio con olor a jazmín y la voz cascada de un viejo duende sobreviviente de la época grácil en la que los patines estaban de moda y las plazas se poblaban de niños bullangueros, en el ruido feliz de corridas ahora detenidas por el impass de la ausencia, se escucha una conversación -no es una conversación cualquiera-, está hecha de palabras entreoídas y los parlantes no son ni las viejitas tejedoras ni los niños traviesos, son dos palomitas de presencia común y corriente pero en realidad de palomitas tienen las formas: piquitos rojos y alitas recién emplumadas, pero en realidad son dos almas juguetonas que decidieron por un momentito tomar la forma dulce de dos palomitas torcazas a la que los niños avanzados de hoy, con juguetes supersónicos y canciones en boga, conocen -a las palomitas- como pequeñas aves asustadizas y las toman como seres endebles y deseosas de volar.

Por un instante, dejan sus costosos juguetes y miran con asombro el despliegue de las dulces dueñas del movimiento y el musical gorjeo, pero después, llevados por el hilo mágico que une a la infancia con la naturaleza, comienzan a querer acercarse más para alimentarlas con las miguitas de su alfajor. Pronto están los volátiles de amigas de los inexpertos pero sentidos intervinientes.

Un niño le pregunta a otro: donde dormirán? Y el interrogado se apresura a seguir el interrogatorio: ¿y qué comerán ellas y sus pichones, se defenderán de los peligros?

Cae la tarde, las mamás buscan a sus pequeños y los pseudo-pajarillos se miran entre sí y se despiden de los verdaderos plumíferos, esos de plumaje gris y patitas oscuras, los angelitos del Cielo emprenden la retirada, y prometen volver camuflados, a desarmar gomeras y a protegerlos.

Niño, si no tienen alimento, pancitos y granos, por lo menos nunca le saquen la libertad a un gorrioncito o a cualquier otro pájaro: son la prueba evidente que Dios nos protege a todos. No te parece?

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Karma

Hay una ley desde la Creación del Universo, la ley de Causa y Efecto, llamada KARMA en las religiones orientales, esta ley es encontrada en todos los sentimientos, pensamientos y hechos del hombre. Nosotros en la Tierra, aquí y ahora, vemos un solo lado de nuestra vida. De nuestra encarnación actual, leemos noticias escalofriantes, sabemos de hambres y miserias, de luchas y enfermedades, cuando no podemos encontrar la justificación de algo decimos: “es el karma”. Nos estamos refiriendo a que determinado dolor o espina que se nos clava en el corazón es merecida, pero no logramos saber el porque. Cambien un golpe de suerte o una solución inesperada al problema que nos agobia es un ramalazo del recóndito Karma: una buena acción del pasado viene a redundar en una ayuda del presente pero ¿cual pasado?.

Nuestra alma vive, no una, sino muchas veces y si ahora carecemos de algo, como amor o dinero, o salud o inteligencia ¿no sera que los tuvimos a todos esos dones por doquier y no los supimos agradecer y repartir entre nuestros semejantes?

Pájaros volando hacia un hermoso cielo durante la puesta de sol. Gentileza: freepik.es

Las almas de los que mueren, sean niños o ancianos o jóvenes no van al Infierno o al Purgatorio o al Paraíso para siempre: tienen todas otras miles de oportunidades para completar el maravilloso cuadro del vivir. No debemos despreciar ningún segundo de nuestra vida, debemos confiar en Dios Padre Creador y en Jesús El Cristo, que nos harán ver la diferencia entre el sufrir para progresar y el vivir sin comprender.

Los pájaros cantan al alba,

yo canto al amanecer

ellos cantan porque saben

yo canto para aprender.

La alegría como el amor tienen que acompañar al latido de nuestro corazón. Dios Padre siempre nos recibe y nos ama ¿no le parece?

Adolescente con la oración en la naturaleza soleada. jcomp. Gentileza: freepik.es
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