En diálogo con Atahualpa

Elegir siempre es difícil, los gustos varían según muchos factores, la edad, los lugares, las circunstancias en las que se desarrollan esto tan personal que llamamos vida interior.
Por ejemplo, en la adolescencia nos inclinamos por el romance, los poemas, los textos románticos. En la juventud optamos por lo real, aquello que nos describe poéticamente lo que estamos viviendo, personificando en nuestro interior las canciones delicadas pero verdaderas.
La variedad es infinita, pero siempre hay un autor o autora que identificamos íntimamente con nuestro sentir. Desde muy joven sentí afinidad por un poeta-músico llamado Atahualpa Yupanqui. Me sacudía hasta las lágrimas algunas letras suyas, por ejemplo un clásico interpretado por muchos cantores, pero el que se lleva la palma de oro es el llevado al disco por su autor, me estoy refiriendo a una zamba cuya melodía y letra suena en el corazón de mucha gente y es Luna Tucumana.

¿Por qué me caló tan hondo una canción que habla del sentimiento profundo que siente quien ha tenido que irse de los lugares que amó y ama en busca de trabajo o estudio, de mejoras económicas conseguidas o no. Pero siempre, en un rincón del alma, quedó prendida esa música, esa letra, para decirnos presente en la hora de la nostalgia, de la añoranza, en la que se mezcla el amor por el tiempo ido y los lugares a los que el llamado progreso cambió en su estructura material, pero quedó retratada para el corazón con sus colores, sus sonidos, sus paisajes.

Tengo para mí los recuerdos queridos de la infancia y la alegría con la que mis padres y yo preparábamos el viaje de unos 350 km para visitar a los papás de mi padre. Luna Tucumana era la compañera fiel que acompañaba los preparativos y cuando las almas se unían en el beso que rubricaba el encuentro, parecía que la luna bailaba en el atardecer.
La distancia y el tiempo hicieron escala de amor, quedaron los recuerdos y las añoranzas pero Luna Tucumana sigue alentando, los niños crecieron, los pueblos también, los caminos se asfaltaron, pero la guitarra sin par de Don Atahualpa me sigue llevando al amoroso y primitivo rancho de adobe y paja de mis abuelos. ¿No es esto hermoso para recordar y sentirse argentino como el mate y azul y blanco como la bandera de Belgrano?
Para terminar una hermosura de estrofa Yupanquina:

yo no le canto a la luna
porque alumbra, nada mas
le canto porque ella sabe
de mi largo caminar.
Perdido en las cerrazones
quien sabe vidita por donde andaré
mas cuando salga la luna
cantaré, cantaré
a mi Tucumán querido
cantaré, cantaré, cantaré.

Firmado: Atahualpa Yupanqui (cuyo nombre verdadero era Roberto Chavero, nacido en la provincia de Buenos Aires.)

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