¿Y qué es la moral?… Simplemente la voz de nuestra conciencia, todo lo que indica el Bien,
supremo don del hombre, y lo que es mas llamativo para todos, que esa vocecita vibra en
nuestro interior sin que nos demos cuenta. Cuando niños nos parece que dentro de nosotros
hay un hueco sonoro ocupado por la Voz, después los estudios, los descubrimientos de la
adolescencia, los distintos caminos de nuestra vida van arrinconando el claro tintineo de la
campanita de cristal hasta que un dolor, un desengaño, o simplemente un giro del tiempo,
cuando descubrimos que dejamos atrás la fantasía y el ensueño nos pone frente a frente con la
vida que tenemos por delante.

El pasado ya fue y aunque encontremos con el tiempo ido recuerdos, anécdotas, personas, ya
no lo podemos cambiar. El futuro depende de la Voluntad Divina y de nuestra propia manera de
ser. En cambio, el presente es lo que tenemos más a mano para vivirlo de acuerdo al bien, al
amor, al pensamiento sano.

Como me ocurre a mí, Lucita, le ocurre a todas las personas conocidas o no, nos hayan servido
de ejemplo o sean nombres queridos que forman parte de nuestro ayer, de nuestro hoy o sea,
parte de nuestra alma sin que nadie lo alcance a describir.
Allá en mi infancia -un poco lejana pero siempre tenida en cuenta por mi sensibilidad- la vida
me brindó exquisitas posibilidades de aprender de mis mayores.
Una de las personalidades inolvidables que tuvo mucho que ver con mi forma de ser -aún
ahora- fue mi abuelo paterno. Lo conocí ya adulto, con su acento itálico pero de pronunciación
correcta, Don Luciano, de una moral intachable, de un carácter que yo definía en mis primeras
descripciones poéticas de acero y terciopelo.

Alto, de pelo entrecano y bigote recortado, de barba bien dibujada, ojos profundos y celestes,
voz que manejaba con distintos tonos y su amor profundo por su esposa – Josefina- sus hijos y
sus nietos. Impartía autoridad y respeto pero mucho cariño por todos y por la Patria.
Solíamos tener largas charlas, y el estaba contento de poder dejar en una de sus nietos -yo-,
sus recuerdos y experiencias.
Cuando tenía lugar el almuerzo familiar, separaba fruta y pan en un canasto y llamando con un
silbido a un niño, hijo de los peones que laboraban su campo, le entregaba el cesto con esta
recomendación: -para mamá y hermanitos, eh cusolino! (niño en calabrés).

Sabía conocer a la gente, al necesitado lo ayudaba en lo que podía y siempre repetía: -llegué a
América con una mano delante y otra atrás, hubo muchos que me ayudaron ¿Cómo no voy a
ayudar a otros, ahora que puedo?
Abuelo Luciano: fuiste ejemplo de moral sin haber ido a la escuela, sabías leer y escribir, hablar
la Castilla y hacer feliz a todos.
El bien siempre fue tu estrella.
Me siento feliz de ser tu nieta. Dios y la Virgen María te tengan en su santa gloria.

Ese recuerdo toca muy de cerca y me deja pensando en cómo esas enseñanzas siguen presentes y se pasan de generación en generación en gestos simples que no se olvidan. Es el recuerdo lo que une nuestros lazos y sentimientos, no las cosas materiales. Vivan el bisabuelo y el abuelo, y viva mamá y mi hermana, que sin ella hoy no estaría leyendo estas palabras.